Uno de los rasgos más llamativos del modelo islandés es que la policía no utiliza armas de fuego de manera habitual. En su labor diaria, los agentes priorizan la palabra, el diálogo y la mediación como herramientas centrales para intervenir ante conflictos.

La formación policial está orientada a la resolución pacífica de situaciones tensas y a la desescalada de enfrentamientos. El uso de la fuerza es considerado un recurso extremo, reservado solo para circunstancias excepcionales, en las que intervienen unidades especiales específicamente entrenadas.

Este enfoque fortalece la relación entre la policía y la comunidad. Los ciudadanos no perciben a los agentes como una amenaza, sino como figuras cercanas que cumplen un rol preventivo, lo que refuerza la confianza y reduce la conflictividad social.

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